
La semana pasada hemos sabido, por los canales habituales, de la defunción de Michael Jackson. Cuando los antropólogos e historiadores del futuro juzguen nuestra época, constatarán la existencia de una casta de extraños seres humanos que, a cambio de grandes sumas de dinero, nos entretienen con su arte y su vida. La paradoja es que aparentemente están expuestos continuamente al ojo público, y sin embargo no sabemos nada de ellos. Lo único que sabemos es que, a fin de seguir perteneciendo a la casta, se someten a profundas alteraciones corporales. Su rostro, su cuerpo, son en gran medida artificiales. Y el maquillaje y el Photoshop hacen el resto. Series como Nip Tuck nos muestran como su obsesión por la cirugía estética les va separando poco a poco del resto de seres humanos.
Michael Jackson no es tan diferente de ellos. Simplemente llevó más allá el proceso de transformación del cuerpo. Buscó la belleza, pero derivó a lo grotesco. Su vida es inimaginable para nosotros., por más que los opinadores habituales crean conocerla. Algunas ya siguen su ejemplo. En nuestro ámbito, tenemos este ejemplo. Y este otro, más cutre. Y habremos de lamentar más en los próximos años.

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